El juez le pregunta a la mujer:
-Dígame. ¿Cuál es el motivo por el que quiere divorciarse
de su esposo?
-Mi marido me trata como si fuera un perro.
-¿La maltrata, le pega?
- No. Quiere que le sea fiel...
Curiosamente,
éste y otros chistes pueden encontrarse en la misma
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donde su autor ha traducido un fragmento de la historia de los Wingmakers
al castellano, mezclándolo con poemas de Borges y Neruda, reflexiones
personales, visitas al zoológico y la constante promesa de que
pronto cortará el césped. Aunque ha rebajado a Andersen
a la categoría de Anderson. Lo cual no tiene ninguna importancia,
ya que hace rato Andersen o Anderson se convirtió en Neruda.
Para
no quedarse con una definición que no daremos y sonaría
extremadamente delirante, Ud. debería meterse a www.wingmakers.com
y sacar sus propias conclusiones. Debería munirse, antes que nada,
de mucha paciencia, del Real Player, el Acrobat Reader y tolerancia hacia
aquellos que no parecen estar muy bien de la cabeza. El sitio está
en inglés y por el momento sólo existen algunas traducciones parciales 2 al castellano de las entrevistas y la filosofía de los 'Hacedores de Alas' . El lenguaje es claro y resultaba ameno hasta que a sus autores
se les ocurrió la mala idea de corregir y aumentar las entrevistas,
lo cual hace que se pierda el estupendo tono sarcástico, como cómplice,
que tenía unos años atrás. Pero una característica
de los Wingmakers es cambiar de opinión y desdecirse todo el tiempo.
Por ejemplo las entrevistas al profesor Andersen conducidas por Anne.
De repente, Anne se transformó en Sarah y el profesor Andersen
en el Dr. Neruda. Sutileza exquisita para quienes han leído a Christian
Andersen y Pablo Neruda y advierten la mutación de lo fantástico
en poético mediante la ironía. Los menos inteligentes deberán
conformarse con el mero asombro. No obstante, tanto los ignorantes como
los listos habrán recibido el mismo masazo en la cabeza; porque
los Wingmakers adolecen de una inocultable afición por el marketing.
Como siempre los perseverantes, vale decir los ociosos que no tengan nada
mejor en qué perder el tiempo, hallarán la sorprendente
respuesta: pequeñas mutaciones en la realidad indican que su conciencia
-sí, la suya- se está expandiendo por obra y gracia de los
Wingmakers. Expandir su conciencia significa que, o bien usted tiene mala
memoria y no decide si Neruda fue alguna vez Andersen porque su cabeza
se ha hecho un lío con tanta información "codificada",
o bien que no tiene esa tonta costumbre de guardar copia de los viejos
archivos. En síntesis, se trata de un supuesto hallazgo en una
supuesta caverna, hecho por un grupo de supuestos científicos de
un supuesto organismo ultrasecreto del gobierno de los Estados Unidos.
Tu copyright te condena
El hallazgo consiste en varios pedazos de roca tan resistente que no se
deja analizar, raros artefactos por ahora inservibles, unas pinturas espantosas
que expanden la conciencia, poemas y papeles filosóficos, y varias
composiciones musicales bastante buenas, en la línea de Enigma,
Enya o, por qué no decirlo, plagiadas de o creadas por Soul Food.
Todo el material procede del siglo 28 de la era común, es decir,
siete siglos adelante en nuestro futuro, y fue dejado por los Wingmakers
en una cueva para que, en 1998, se conociera a través de Internet.
Y así fue. El éxito de los Wingmakers fue inmediato. Cinco
días después del lanzamiento de la cosa, ocurrida el 23
de noviembre de 1998, aparece la primera réplica en la red, advirtiendo
que se trata de un fraude. Una parte del público, los menos, como
era de prever, se lanzó a la inmediata caza de los Wingmakers y
tras examinar el copyright de Real Audio descubrió el nombre de
Mark Hempel, indiscutiblemente un hombre de nuestra era, incrustado en
el reproductor. Durante algún tiempo, el bueno de Mark prefirió
el discreto honor de ser un nombre sólo visible para los curiosos
y toquetones del reproductor multimedia. Pero un toqueteo conduce a otro
y en cuanto empezaron a proliferar los foros antiwingmakers en la red,
acusando a Hempel de ser el autor de todo, y de haber ofrecido el material
a cualquier compañía interesada en hacer una película,
Mark asomó su virtual cuello, preguntó qué es todo
este lío, se aguantó los golpes y dijo, heroicamente, yo
no fui. Pero donde está la presa aparece el cazador y los aguafiestas
de siempre volvieron a atacar, ahora diciendo que el mismísimo
Hempel había escrito los emails acusatorios -e incluso sus respuestas-
como una forma de publicidad. Mark Hempel no es, por cierto, un loco cualquiera.
Sus credenciales como un fundador de la extinta y muy llorada NetRadio,
sus desarrollos para aplicaciones multimedia y su licenciatura en psicología
y marketing no muestran todo el talento que es capaz de desplegar. Desde
luego, él tiene tanto derecho como cualquiera a emprender la creación
de un mito. En este caso, un mito electrónico. Siempre habrá
gente dispuesta a creer en cualquier cosa, como se prueba por el mundo
actual, capaz de creer en los líderes poco brillantes que tiene.
Su técnica es experimental: los cambios se hacen sobre la marcha,
a tenor de las críticas, y saltan a la vista para cualquiera que
siga de cerca el desarrollo del experimento.
Los riesgos de la técnica experimental
Pero esta técnica tiene sus riesgos. Cuando saltaron de su mundo
al nuestro, ninguna advertencia indicaba si los Wingmakers eran o no una
ficción, y algunas almas desprevenidas ejercieron su legítimo
derecho a creer que todo era verdad. Ante la creciente avalancha de escepticismo
y sarcasmo de aquellos que se sientieron estafados, la aparición
de James, encarnación de los Wingmakers en nuestro planeta, en
febrero de 2001, se hizo necesaria. James es humano, por lo tanto posible,
y puede contener a un wingmaker en su interior. Puesto que los Wingmakers
son como una versión ultraperfeccionada de la humanidad futura
y no les gusta la publicidad, al menos no tanto como a Hempel, nadie debería
esperar que vendrán
a presentarse en persona ante los bárbaros del siglo XXI para ser
la comidilla de los vecinos, la foto de tapa de los periódicos
sensacionalistas y encima tener que pararse en cada esquina a firmar autógrafos
para los fanáticos de siempre, un verdadero escándalo. De
modo que, siendo James un auténtico wingmaker, al menos por dentro,
se delegó en él la antipática misión de pronunciar
la frase odiosa, que nadie quería escuchar, la frase que hace llorar
a los niños cuando algún mentiroso les dice que no existen
los Reyes Magos: la historia de los Wingmakers contiene una parte de verdad...y
el resto está novelado. Los gemidos, llantos y abucheos deben haberse
escuchado hasta en el siglo veintiocho. James - el
Creador para
los amigos, ya que los Wingmakers también crearon, entre otras
cosas, a la humanidad- hizo todo y se lo entregó a Hempel. Que
es como decir que lo hizo todo Hempel, ya que de James no sabemos nada
salvo las respuestas que da a las preguntas que él mismo se hace,
por ejemplo si decidió crear el mito de los Wingmakers para matar
el aburrimiento. A lo cual él responde que no se trata de ningún
mito, pero lo llama así porque el asunto no es, digamos, lo que
un tribunal denominaría la verdad y nada más que la verdad.
No coincidirían con esta definición de mito Mircea Eliade
y otros mitógrafos que alguna vez mostraron cómo los mitos,
si bien pueden alimentarse de rumores, no se forjan por mero capricho,
y menos se crean mezclando como en una ensalada todo lo que ya no hace
furor: teorías conspiratorias sobre alienígenas que quieren
conquistar este hermoso y envidiado planeta, la revisión del mito
luciferino o la reinterpretación de Prometeo, el encubrimiento
de tecnología avanzada por parte de los que gobiernan al mundo,
y el uso, o abuso, por parte de un grupo que gobierna a los que gobiernan
al mundo, de los viajes en el tiempo para controlar la economía.
Algunos críticos han señalado que cualquier aficionado a
las series de los X-Files diría que lo único que falta a
los Wingmakers es el hombre que fuma. Otros críticos, por el contrario,
sostienen que sólo podría creer en los Wingmakers alguien
que haya fumado demasiado. Pero tanto los críticos como los Wingmakers
se pierden en una misma nube de humo. En una de las entrevistas, el profesor
Andersen, luego Neruda, materializa algo así como un millón
de dólares frente a la azorada periodista, a la que debemos condenar
perpetuamente por no ser capaz de sonsacarle la fórmula. Exactamente
como el conde de Saint Germain fabricaba diamantes y convertía
en oro una moneda de plata ante los ojos del escéptico Casanova
quien, seguramente muerto de envidia, lo acusó de farsante. (Véase:
la
Santísima Trinosofía, atribuida a Saint Germain,
Il Casanova di Fellini, de Fellini o véase una de cowboys
si estas tonterías le aburren). Con la diferencia de que el conde
se dejaba ver en todas las fiestas y, hasta donde sabemos, no tenía
una tendencia tan marcada hacia el chisme. Y es justamente esta proclividad
del Dr. Neruda a no cerrar su bocota y ventilar lo que pasa tras bambalinas,
sacando los trapitos al sol de la NSA y otros organismos gubernamentales
y reales, lo que hace preguntarse a James si no hay un riesgo legal para
Mark y sus amigos. A lo cual contesta que sí, pero es un riesgo
aceptable. A lo cual podemos agregar que, tal como Mark mismo afirma,
la consultora de la cual es miembro hizo algunos trabajitos para el ministerio
de Defensa, de lo cual podemos colegir que, llegado el caso, los Wingmakers
sabrán cómo defenderse si alguien los acusara de algo que
no sea aquello que según los griegos era un don de los dioses y
que técnicamente se denomina locura.
Pese a todo, los Wingmakers hacen méritos para sobrevivir. Son extremadamente
laboriosos y se mantienen tan bien como pueden, aunque su sentido del
humor haya declinado y parezcan estar últimamente demasiado a la
defensiva, completamente enamorados de las espantosas pinturas, cuyos
pretendidos poderes hipnóticos no consiguen, sin embargo, engañar
al buen gusto; así es posible que, tras contemplarlas, usted necesite
una sobredosis de Paul Klee para curarse de la vista. Ya que los Wingmakers
son capaces de retocarlo todo, sería bueno que se ocuparan también
de las pinturas.
El sacrificio
En fin, alguien tenía que hacerlo, y Mark se inmoló en beneficio
de todos nosotros. Decidió cambiar una excelente reputación,
justamente ganada en el mundo de los cuerdos, por otra más cuestionable,
con tal de salvar a los Wingmakers. Como un padre capaz de hacer cualquier
cosa por sus hijos, aunque se trate de vástagos un poco torcidos.
Después de todo, la excentricidad es común entre los genios
y, puestos a elegir entre lo indeseable, Hempel al menos se muestra tal
como es a través de los Wingmakers, a diferencia de Bill Gates,
que pretende ser normal, cosa que no se creería ni el mismísimo
Bono, a juzgar por la forma en que el irlandés lo mira cada vez
que lo encuentra en esas cumbres donde se juntan aquellos que no saben
qué hacer con la plata. Y a quien le parezca inadecuada la comparación
entre ambos, puede recordar que no se trata necesariamente del mismo coeficiente
intelectual, o cuenta bancaria, sino de las dos caras de una misma forma
de locura. Ambos -Bill y Mark- están más locos que una cabra,
pero hay diferencias notables. Bill compra los manuscritos de Da Vinci;
Mark pretende crearlos. Por confesión de sus hijos, los Wingmakers,
sabemos que intenta crear una nueva tecnología, la cual debería
estar lista hacia el 2011, fecha en la que se espera que todo el material
de la cueva haya sido completamente descargado. Bill sólo atina,
en cambio, a lanzar frases sibilinas como que pronto toda la tecnología
que conocemos será obsoleta. Quién sabe, tal vez pensaba
en Hempel. No habría que menospreciarlo, y mucho menos sentir lástima
por él, pues es indudable que se divierte como se ve claramente
en una fotografía donde posa junto a una de las espantosas pinturas
del siglo XXVIII.
Y para acabar con las comparaciones que siempre son
esclarecedoras, mientras Bill pergeña la estrategia para quedarse
con la patente del universo, Mark se contenta con vender un cd de los
Wingmakers al mismo precio que se ofrece un disco de música en
los negocios para personas normales. Gracias a él, ahora sabemos
qué clase de tropiezos jalonan la creación de un mito moderno
a través de la red, hasta qué punto estas invenciones contribuyen
a que la humanidad se inmunice lentamente contra las viejas técnicas
de lavado de cerebro y cuánta agua ha corrido bajo el puente desde
que los marcianos de Orson Welles, el día de los Inocentes de 1938,
mediante ondas de radio, decidieron invadir la tierra.
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